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Ramón Peralta

Cuando el proceso político tomó su curso después de la independencia no quedó mucho de aquellos principios de igualdad y libertad, que proclamaron los fundadores de la nueva nación. En los primeros años el país estuvo dirigido por una oligarquía terrateniente que tomó ventajas del proceso expansionista hacia el oeste. Las tierras, que eran arrebatadas a sangre y fuego a los nativos, comenzaron a pasar a manos de propietarios ligados al poder político, constituyéndose en una casta propietaria, que decidía el curso de la nación aun cuando había una división marcada por la prevalencia del modo de producción esclavista en los territorios del sur del país y otro muy diferente en los estados del norte donde predominaba el modo libre de producción. 

Precisamente, esta división fue la que dio lugar al estallido de la Guerra de Secesión que puso fin al modo de producción esclavista en los estados del sur y que abrió las puertas a la liberación de los esclavos, que aunque “liberados”, siguieron siendo explotados y discriminados como si no formaran partes de la nación nacida bajo los principios de la libertad y la igualdad. Todavía hoy esos hombres y mujeres sufren los oprobios del racismo y la discriminación. Esa realidad es la que explica que aun pasado 245 años de independencia, sea una élite blanca la que maneja y controla los mecanismos del estado.

A finales de siglo XIX cuando la economía ya había rebasado su fase agrícola para pasar a la manufactura, surge una nueva clase dirigente cuya base es la industria y por consiguiente, determina un nuevo modo de hacer política. Las ciudades se convierten en el epicentro del accionar político y los propios partidos políticos cambian la manera de operar, ya que, sus plataformas políticas comienzan a ser orientadas hacia el gran capital industrial. Al mismo tiempo, tanto los políticos como sus partidos comienzan a formar sus propias maquinarias electorales para servir los intereses particulares de aquellas clases que detentan el poder económico.

La actividad política adquiere un nivel mas sofisticado que cuando se trataba de una sociedad agrícola. Los partidos políticos establecen comités nacionales y a nivel estatal para responder a las necesidades de sus seguidores. Al mismo tiempo, la actividad partidaria para reclutar seguidores comienza a demandar mas recursos económicos. Eso determina que los partidos comiencen a depender cada vez mas de la contribución financiera de los sectores del gran capital, los que a la vez van a exigir demandas a cambio de sus contribuciones.

Podemos decir, que esto lleva a que el ejercicio de la democracia comience a cambiar su naturaleza para convertirse cada vez mas en un vehículo de los intereses particulares de pequeños grupos económicos, que usan sus dineros para financiar las campañas políticas y comprar favores de los políticos. Mientras tanto, a las masas populares se les mantiene sumidas en la engañosa creencia de una democracia que solo tiene vigencia en las elecciones cada dos o cuatro años, pero sin muchos resultados prácticos para los votantes. Sobre eso volveremos en la próxima entrega.


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