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Ramón Peralta
Una característica común en el ser humano es, ante todo, tomar el “yo”, que en latín se dice “ego”, como punto de partida de sus acciones. Como derivado de esta palabra, se cataloga como “egoísta” a una persona que pone por encima de todo, el “yo”, en la toma de sus decisiones. Esa conducta cuando se desborda y rebasa los límites del “yo”, en muchas ocasiones amenaza la cohesión de la comunidad y es ahí cuando se torna en peligro. El “yo” o el individualismo se convierte en el elemento definitorio de la comunidad, trayendo como consecuencia lo que hoy se denomina el “nativismo” y también el racismo. Es decir, lo que no es como “yo” no es auténtico y no pertenece a la comunidad donde me desenvuelvo.
Como resultado de esa conducta, nacen en las comunidades categorías definitorias que dividen a los seres humanos que las componen, poniendo a unos por encima de otros y tomando como base ideas caprichosas totalmente ajenas a la esencia humana. Surgen los desprecios a otros porque no tienen la piel igual que “yo”; o porque proceden de otras culturas; o porque no tienen la misma educación que “yo”; o porque no pertenecen al mismo grupo religioso que “yo”; o porque no actúan igual que “yo”, etc.
De manera que el “yo” se convierte en el centro donde giran todas las cosas no importando las consecuencias. En la sociedad americana es muy común encontrar la idea y la práctica de que el individuo está por encima de todo. Se rinde culto al individuo por encima de los intereses de la sociedad. Este tipo de conducta pone en peligro la armonía de la comunidad y la esencia misma del hombre que por naturaleza es un ser social. El “yo” no existe al margen del entorno social y por esta razón es que en el presente momento, en que estamos siendo atacados por una terrible pandemia, es urgente que pongamos a un lado los intereses desmedido del “yo” y nos enfoquemos en el interés comunitario, no importa las características del entorno social en que vivamos.
En otras palabras, el Coronavirus, aun con sus negativas y nefastas consecuencias, nos ha enseñado que la solidaridad es parte de la esencia misma de nuestra naturaleza y un elemento esencial para preservar nuestra existencia. Por eso, causa repulsa, por no decir rechazo, ver aquellos individuos que hoy públicamente, por el simple hecho de poner el interés de su “yo” por encima de la comunidad, rehúsan seguir las

normas que se han impuesto para detener la expansión de la pandemia, causando disturbios y poniendo en peligro la salud de los demás.
En ese sentido, los presentes momentos demandan de nosotros echar a un lado los intereses particulares y poner en alto el sentido de la solidaridad para evitar seguir sucumbiendo a los efectos del Coronavirus, que hasta el momento se ha llevado consigo miles de vidas útiles y prácticamente ha paralizado la economía del país con sus secuelas de hambre y pobreza, principalmente entre los miembros de nuestra comunidad hispana.


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