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Los doctorísimos payasos de las redes sociales

 

Desde que las compañías como Facebook pusieron en las manos del público las herramientas para llegar a miles de personas, la academia de la comunicación y de las ciencias se igualaron a la ignorancia y pasaron a ser remanentes de un pasado de credibilidad en bancarrota.

Ahora, no hay que haber estado en una banqueta de la universidad o de la escuela superior para agarrar un micrófono y transmitir noticias por encima de los estándares de confirmación de fuentes; pararse frente a una pizarra ante la cámara de un teléfono para explicar cómo Neil Armstrong en 1969 “conversó con seres extraterrestres en la luna” o como los dueños del mundo unidos en “organizaciones secretas” inventaron el Coronavirus para reducir la población envejeciente no productiva y justificar la inyección de Chips de computadoras en los seres humanos; o cómo la Bestia apocalíptica creo la pandemia para iniciar su dominio sobre la tierra.

Desde que la Organización Mundial de la Salud declaró el surgimiento de la pandemia en marzo de este año han aflorado centenares de conjeturas, la mayoría equivocadas, otras fantasiosas, todas dañinas, pero ninguna tan peligrosa como la que ha comenzado a rodar desde hace unas cuantas semanas en torno a la vacunación contra el Covid-19. ¿Por qué la más dañina? Porque tiende a obstruir la única vía por la que la humanidad puede salvarse de un mal que cada día la corroe arrastrando como torrente que erosiona la tierra miles vidas por minuto.

Facebook, ha nuestro entender las más irresponsable de las redes sociales, está permitiendo la aparición de doctorísimos payasos que dicen saber lo que “se esconde detrás de las vacunas contra el Coronavirus”.  Este tipo de publicidad negativa hecha con la intención de ganar notoriedad está creando desconfianza en el público, y, en consecuencia, una peligrosa resistencia a inmunizarse contra el mal.

Hasta ahora, el Coronavirus ha matado a un millón 650 mil personas en el mundo, de las cuales 308 mil son de Estados Unidos, y debido a la falta de recursos en países del llamado tercer mundo, su capacidad destructiva se tiende a expandir y a acelerar el número de muertes y casos por minuto. La única forma de detener esa sombra funesta que se interpone sobre la vida, es la vacunación.  En la medida en que más personas se hacen inmunes al mal, menos terreno encuentra éste para crecer y extenderse.  Cuando más del 50 por ciento de los habitantes del planeta estén protegidos contra la infección, ésta detendrá su curso creciente y comenzará a rodar cuesta abajo hasta quedar reducida a un pequeño mal capaz de afectar solo a los que no se inmunizaron contra ella, es decir, los que no se han vacunado a tiempo.  Además, se reducirá su presencia a tal modo, que sólo en un porcentaje extremadamente reducido de lugares existirá riesgo del contagio.

Pero si continúa a través de las redes sociales la campaña de desinformación, la propagación del temor contra la vacuna, eso no se va a lograr.

Todas las vacunas producen efectos secundarios que se manifiestan horas después de ser aplicadas.  El efecto mas común es la fiebre, y como han explicado los médicos en torno a la vacuna del Covid-19, ésta puede causar dolor muscular y náusea.  Pero esos efectos desaparecen en horas y son consecuencia de la preparación del sistema del defensa del organismo para inmunizarse.

No son las consecuencias de un veneno ni de la instalación de un chip, como andan diciendo los doctorísimos payasos de las redes sociales, que bien merecen ser llevados a la justicia al igual que los que les dan la herramienta para confundir al público en una situación en la que está en juego la propia existencia de la humanidad.


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