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 PARTE I

Por Andrés Abreu

 

Cuando llegué a Estados Unidos en 1991, (ya no de visita sino para establecerme), asistí a una reunión de estudiantes dominicanos de la Universidad Estatal de La Florida. Era la víspera de la guerra del golfo en la que el entonces presidente George H. Bush, ocupaba con su rostro cuadrado de espejuelos pesados las pantallas de los televisores, anunciando una acción militar norteamericana contra Saddam Hussein por la ocupación del ejercito iraquí de los territorios de la provincia de Kwait.  Recuerdo escuchar a uno de los invitados a la reunión discutir con otro sobre la legitimidad de la guerra.

“Es que Saddam invadió a un país libre”, decía uno.

A mi me saltaron avispas en la cabeza al escuchar tal afirmación cuando no hacían ni dos años que Estados Unidos, bajo la misma administración de Bush, había invadido a Panamá provocando miles de muertes y secuestrando al presidente de ese país entonces, Manuel Antonio Noriega.

¿Acaso Panamá no es un país libre?

Bajo los acuerdos sobre los cuales se fundó la Organización de las Naciones Unidas, ningún país tiene el derecho de invadir a otro por ninguna razón. De acuerdo a la Carta de los Derechos de los Pueblos de la ONU, todo país es libre y es a su pueblo a quien le corresponde elegir mandatarios y quitarlos del poder cuando lo cree necesario.

En el año 2003, el hijo de George H. Bush, George W. Bush, quien ocupó la presidencia ocho años después de que su padre fuera derrotado en su intención de reelección de 1992, invadió a Irak valiéndose de la especie de que Saddam Hussein poseía armas de destrucción y que representaba un peligro para el mundo.

¿Quién le dio a Estados Unidos el derecho a decidir qué es peligroso o no para mundo?

Las Naciones Unidas se oponía a la guerra, pero por encima de toda la oposición interna y externa, la invasión se llevó a cabo. Saddam fue ejecutado en la ahorca y desde entonces más de 200 mil personas han perdido la vida en Irak.

La invasión a Panamá, se llevó a cabo bajo el pretexto de que Noriega era un narcotraficante. En esos días de 1988, todas las noticias daban como un hecho que el líder militar panameño era el principal exportador de drogas a Estados Unidos, que era un asesino y que ponía en peligro a todo el mundo. Esa perorata se repitió hasta la saciedad, a tal punto que, mentira o verdad, se dio como verdad.

Lo mismo ocurrió con las “armas de destrucción masiva” de Irak.  El entonces secretario de estado de Estados Unidos, Colin Powell, se presentó a la asamblea de la ONU con un montón de diapositivas y en una espectacular presentación de Power Point, “demostró” que Saddam almacenaba armas nucleares y químicas en cantidades extraordinarias.

Mas tarde salió a la luz, que el mismo funcionario no estaba seguro de que las pruebas fueran reales y que advirtió al presidente Bush de antemano de la situación.  Al término de la prácticamente destrucción de Irak, nunca parecieron esas armas, ni siquiera en una mínima cantidad, y todos los supuestos grandes depósitos nucleares presentados en las diapositivas, no eran mas que almacenos de alimentos.

Toda la maquinaria de propaganda para justificar la invasión a Irak se basó en las supuestas armas de destrucción masivas, y la palabra “terrorismo”.  Esta última fue utilizada para vincular en la mente de los norteamericanos, a Sadam Hussein con los atentados terroristas del 11 de septiembre del 2001.

Ahora estamos viviendo otra de las grandes obras de la poderosa maquina de la mentira: Rusia.


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